TRASTORNO DE IDENTIDAD DISOCIATIVO

La disociación implica una desconexión entre la mente de la persona y la realidad del momento presente.

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Es la manifestación más grave y crónica de disociación. Se caracteriza por la presencia de dos o más estados de personalidad distintos que recurrentemente toman el control de la conducta de la persona. Además, la persona no puede recordar información que normalmente recordaba fácilmente, información personal importante o acontecimientos traumáticos. La amplitud de la información que no se recuerda es demasiado extensa como para que se pueda explicar por un olvido ordinario.

Actualmente se reconoce que dichos estados disociados no son personalidades completamente formadas, sino más bien representan un sentido fragmentado de la identidad. El niño aprende a ir integrando las situaciones traumáticas repetidas durante su desarrollo, de manera que cohesiona diversos y complicados tipos de información en una identidad personal compleja que le acompañará durante la adultez.

En algunos casos, el trastorno de identidad disociativo puede presentar la forma de trance o posesión. En estos casos se produce temporalmente una alteración de la conciencia o de la identidad habitual siendo suplantada por otra identidad que toma el control de la persona. Este agente externo suele ser descrito como un ser sobrenatural, un dios o un demonio, pero a veces son otra persona. Es habitual que la persona hable y se comporte de manera muy diferente a la habitual. En los estados de posesión, la identidad alternativa es indeseada, genera angustia y un deterioro importante. Estos estados son seguidos de amnesia. Otros estados de trance tienen un carácter agudo y cursan con parálisis, aumento de la fuerza muscular o del umbral doloroso.

No debe considerarse el trastorno disociativo de trance o posesión en los contextos culturales o religiosos en los que estos estados forman parte de la cultura o religión locales y la persona entra en trance de forma voluntaria.